25.11.16

King Crimson ha muerto. Larga vida al Rey

Fue emocionante, no lo niego. Reencontrarme con uno de mis grupos de referencia, uno de aquellos que me hicieron abrir los ojos a nuevas perspectivas, a nuevos planteamientos musicales. Me enseñaron que el ruido y la disonancia podían ser tan bellos como la melodía más angelical. Que las dinámicas, el sonido y hasta el silencio son herramientas tan válidas a la hora de hacernos vibrar como las notas del pentagrama. Que no hay que tener miedo a reinventarse, que avanzar es la única manera de no quedarte atrás.

Por eso el concierto de ayer, de gran perfección técnica, de sonido potente y limpio, un homenaje al legado del grupo, me emocionó a momentos y me congeló el corazón en otros. No me malinterpreten, fue un gran concierto, una gran celebración de su música, pero faltaba algo.

Algo de locura.

Aparte de las peculiares del Sr. Fripp, un personaje esquivo y con ese sentido del humor tan descentrado que atesoran los ingleses, King Crimson se han propulsado por personajes excéntricos, que han aportado ese carácter diferencial con respecto al resto de grupos englobados en eso que se suele llamar rock progresivo.

Tras la belleza dolorosa de su primer disco “In The Court Of The Crimson King”, del que creo que no se han valorado lo suficiente las fundamentales aportaciones de Ian McDonald, Michael Giles (uno de los mejores baterías del grupo en una historia plena de grandes percusionistas) y Greg Lake, y de los discos de transición, llega la etapa más radical de la banda, propulsada en un inicio por un percusionista Jamie Muir, que se vestía como un troglodita, escupía sangre artificial en los conciertos y golpeaba todo lo percutible. Dejando de lado el espectáculo, el batería que le acompañaba, Bill Bruford (otro de los grandes) ha reconocido en muchas ocasiones que Muir le hizo ver las percusiones desde una perspectiva diferente.

Pasamos a los 80 y nos encontramos con otro de esos personajes extravagantes, otro de esos catalizadores que hacen avanzar el grupo. La guitarra anárquica y la voz desquiciada de Adrian Belew, cuya aportación es fundamental en la música de esa reencarnación y la de la siguiente década. Las cosas entre Belew y Fripp parece que no acabaron bien. Y que en su concierto de ayer apenas hicieran referencia a la época protagonizada por la némesis de Fripp evidencia sutilmente hasta qué punto fue importante.

Volvamos, pues, a la actuación de ayer. Nos encontramos un grupo conformado por colaboradores de las diferentes etapas. Mel Collins, de los años 70; Tony Levin, desde los 80; y los tres baterías y el cantante y guitarra Jakko Jakszyk que son las incorporaciones más recientes (el batería Pat Mastelotto, desde los 90).

Siete grandes músicos con más que suficientes capacidades expresivas para interpretar con solvencia un repertorio exigente. Jaksyk tiene una bella voz, pero le sobra languidez y le falta esa fuerza de los vocalistas anteriores con registros más cercanos, Greg Lake y John Wetton. Su intento de musicalizar el recitado original de Belew en “Indiscipline” fue, además, uno de los momentos menos conseguidos de la actuación.

Observas a esos músicos interpretando temas que suenan atemporales y, sin embargo, falta algo. Solventes, efectivos, contundentes pero, ¿dónde está la locura, la imprevisibilidad que definía a la banda?

King Crimson es ahora un bello mausoleo. Sus estructuras depuradas, su elegancia y pervivencia en el tiempo no ocultan que contemplamos un monumento a la muerte.

La etapa más creativa y radical del grupo, esa que va desde los años 1972 a 1974, me pilló demasiado joven como para poder disfrutarla. He de contentarme con esta revisión de su repertorio. Y lo hago sabiendo que es una oportunidad única de disfrutar de su legado. Pero también soy consciente de que los King Crimson de 2016 son un pálido reflejo de aquello que fueron.

La belleza de la celebración, la emoción de algunos momentos, no enmascaran que la ceremonia es un funeral. Y venimos a rendirle homenaje. A llevarle flores y a presentarle nuestros respetos. El Rey Carmesí ha muerto. Larga vida al Rey.

9.11.16

A quién seguir. Qué pensar

Kate Tempest hizo un muy buen concierto ayer. Pero no quiero hablar de su actuación sino de la respuesta que obtuvo por parte del público. En su bis, una inflamada letanía sobre la necesidad de que nos comprendamos como humanos, iguales, con nuestras esperanzas, miedos, anhelos y miserias, provocó una explosión de emotividad entre las primeras filas de la sala. Hubo lloros, asentimientos, gritos de reafirmación.

Me sorprendí pensando que no parecía la respuesta ante una artista, sino ante un predicador. Ello me llevó a pensar en nuestra desorientación. Perdidos en una sociedad inmisericorde y cruel, sin perspectivas vitales, sin un futuro que planificar, viviendo el aquí y ahora. Esperando que alguien nos indique el camino, que parezca tener claro adónde va. Aunque sea mentira.

Veo la crisis, la degradación económica a las que nos someten y vuelve a mi cabeza el estado social que provocó la llegada al poder absoluto de un pobre desgraciado que había subsistido intentando vender acuarelas en las terrazas de los bares. Ese pobre desgraciado provocó uno de los mayores horrores que hemos vivido como civilización.

Veo a algunos de los líderes políticos elegidos por nosotros, aquí y allá, y me cuesta albergar esperanzas. Parece inevitable que la historia se repita una y otra vez, mientras alguien nos haya de decir qué pensar, a quién seguir. Qué débiles somos.

30.10.16

El viaje a la intrascendencia

Hace muchos años, en los inicios de la fotografía, las personas se fotografiaban con sus seres queridos fallecidos.

La situación, que ahora nos puede parecer chocante, denotaba una voluntad de trascendencia, de intentar fijar el recuerdo de aquél que nos ha dejado. Mostraba tanto el amor por el fallecido como el respeto por aquel medio que nos ofrecía una ilusión de pervivencia.

Dentro de muchos años, si alguien se preocupa en ver nuestras imágenes, probablemente se sorprenderá del cambio en la intención de nuestros retratos. De la voluntad de trascendencia a la repetición ad infinitum de poses intrascendentes. Del abrazo a los seres queridos, aunque muertos, al abrazo perenne a nuestra autoestima, muertos aunque vivos.