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16.6.10

CONFRONTACIÓN


Dos sujetos, una persona que camina por la calle y una imagen enganchada en una pared quedan igualados, circunscritos a las dos dimensiones por obra y gracia de la emulsión fotográfica. La pérdida de la tridimensionalidad tiene estas cosas, se crean nuevas relaciones entre los elementos que forman una fotografía. Tomada en París, hace dos semanas.

Del mismo modo, perder la multidimensionalidad que conforma un grupo y quedarse solo a la espera de que lleguen tus compañeros puede provocar que uno deba enfrentarse a sus limitaciones solo, sin esa red protectora que crean los otros intérpretes a tu alrededor. Ahí lo tienen, sin trampa ni cartón. No digan que no les avisé.



Buenos días.

14.6.10

PARÍS YA NO AQUELLA PARÍS


Sigue viviendo de un pasado esplendoroso que deja en evidencia su presente. No se respira en ella esa pulsión vital que la hizo destino inevitable en los 50 y los 60. Adormecida, conformista, adocenada, París ya no vale aquella misa. Nada que ver con Berlín, en estos momentos auténtica capital europea.

Pero, a pesar de su conformismo, París ofrece sorpresas. Como descubrir, en un pequeño local, a The Ex junto a Getatchew Mekuria. Por un momento, el limitado escenario del Café de la Danse revivió esa energía y capacidad de innovación que París hizo sus banderas hace ya unos cuantos decenios.

Mi suerte es coincidir en ese momento y en ese lugar, casi por pura casualidad. Y que mi Minolta Autocord de los 50 estuviera preparada para ser testigo de lo que vi.

Buenos días.

25.3.10

LUJO DE EXTRARRADIO


Contemplaba las amplias carreteras de circunvalación iluminadas tímidamente por el rastro de los faros a gran velocidad. El terreno se abría a sus pies, 14 pisos más abajo, inhóspito.

Vagó por los pasillos del hotel. Decenas de puertas idénticas cerradas a intervalos constantes, numeradas con cuatro dígitos, que iba dejando atrás mientras caminaba. Los pasos, silenciados por la moqueta en tonos terrosos, una nota cálida, una broma cruel más que un elemento reconfortante.

Un gran ventanal presidía su habitación. A lo lejos, los coches eran hormigas apresuradas, reptando sobre el rastro marcado por sus compañeras. Ni luna ni nubes. Nada que recordara la naturaleza. Sólo el dorado reflejo de las lámparas, imponiéndose sobre el cristal de seguridad del ventanal, y el zumbido quedo del aire acondicionado.

Lujo de extrarradio, pensó. Prisión de ejecutivos. Pero él estaba allí.

Buenas noches desde París.