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2.12.09

24 HORAS EN MADRID (y V): EL HOMBRE MÓVIL


El AVE o tren de alta velocidad que realiza el trayecto entre Barcelona y Madrid es tremendamente agradable. Su único inconveniente son los especimenes que acostumbran a anidar en él.

Si antes los ejecutivos se autorrealizaban mostrando sus Rolex o trajes de Armani, ahora lo que está más en boga es utilizar el móvil como látigo a distancia. Insultan y desprecian a sus subordinados durante eternas conversaciones al teléfono, a voz en grito, si puede ser, y repitiendo los motivos de queja por si has tenido la suerte de evitar su escucha la primera vez. Tras 40 minutos hiperactivos, con la garganta irritada por la disputa y la oreja recalentada por las microondas, pero con la satisfacción que les ofrece esa vana autorrealización, los hombres móviles cortan la comunicación y mirar ansiosos en derredor para descubrir si han sido motivo de atención, que, evidentemente, es lo que buscan.

A continuación, pueden conectar su portátil para dirigirse a la página web de la marca de relojes Tag Heuer y valorar las cualidades de sus modelos con su compañero de empresa durante minutos y minutos. Dirán admirar sus formas y motivos, pero es evidente que su condición de modelos de lujo, de otorgadores de estatus, es el único argumento real que les mueve a su compra.

Una hora después, cuando han podido observar en detalle las especificaciones técnicas de cada modelo, se acerca a la pareja otro ejecutivo, que parece su responsable. Un rápido gesto sobre las teclas Alt y Tab cambia la pantalla a una inocente tabla Excel.

—¿Trabajando?
—Buff, sí. Tengo trabajo pendiente para parar un tren.

Sonrío y bajo la vista. ¡Ah, los hombres móviles!

Buenos días.

25.11.09

24 HORAS EN MADRID (II): SIN FIN


Imagínense que les alojan en el mismo hotel en el que van a tener lugar unas conferencias. Es un establecimiento en el centro de la ciudad, diseñado para que los ejecutivos que lo frecuentan se sientan como en casa. Imagínense que, tras la cena, deciden realizar un poco de espeleología sociológica y se pierden por los largos pasillos enmoquetados. En una de las plantas, anunciado con numerosos letreros dorados, se encuentra el Spa que en recepción solícitamente les han anunciado que permanece abierto las 24 horas. Imagínense que, antes de abrir la sólida puerta de madera, miran el reloj y son las 12 de la noche. Entran.

La sala, no excesivamente grande, cuenta con los consabidos aparatos de ejercicios, como la sufrida cinta o la bicicleta estática. Cerca de ellos refulgen las mancuernas. No hay nadie, pero se oye una voz. En una pantalla plana, un presentador de CNN destripa la actualidad económica. Mientras observo alucinado, me imagino la sala, mañana por la mañana, ocupada por ejecutivos, parpadeando por el sudor y resoplando mientras su atención se dirige a la cotización de sus acciones. O mejor, me imagino la sala vacía horas y horas, mientras van desfilando presentadores que explican, a una audiencia inexistente, la importancia de la evolución de la economía de los países emergentes. Por decir algo.

Cierro la puerta y huyo hacia mi habitación. Que la inconsciencia del sueño me acoja.

Buenos días.

24.11.09

24 HORAS EN MADRID (I)



El domingo por la tarde suele ser ese espacio lento, inactivo, en el que deseas que el tiempo se detenga mientras sientes la inexorable cercanía del lunes. Es un momento de reclusión, de negación de lo que está por venir, de lenta caída en la atonía.

Pero el pasado domingo esa rutina fue hecha trizas por obligaciones laborales. A las 5 de la tarde cogía un AVE con destino a Madrid para asistir (en los dos sentidos) a unas jornadas en las que se darían cita varios de los prohombres de nuestro país. Viaje relámpago de ida y vuelta, ni tan sólo 24 horas en la capital, viviendo, aparentemente, como esos ejecutivos que dirigen nuestros devenires. A partir de hoy la crónica absorta de quien observa este mundo anonadado, perplejo pero fascinado por el ser humano.

En la imagen, las vías de la estación de Barcelona-Sants, ejemplos de ese mundo vacío, estéril y sintético en el que me introduzco.

Feliz martes.