14.5.13

Decálogo del instagrammer


Certifico que esta imagen ha sido tomada con un teléfono inteligente, de lo que no me hago responsable es de la inteligencia de quien la ha disparado.
1.     No eres un fotógrafo, esa subespecie abyecta del pasado; eres un instragrammer, adalid del progreso y de la movilidad.
2.     La fotografía tradicional es aburrida; los filtros que la imitan, son lo más mejor. Siempre que puedas, utiliza el formato cuadrado, pero no lo llames “6x6”, no sea que te confundan con un fotógrafo.
3.     No importa el dispositivo con el que dispares, lo importante es captar el momento. Siempre y cuando utilices un iPhone de última generación, claro.
4.     Nunca pienses antes de disparar. Estás perdiendo un tiempo precioso para seguir disparando.
5.     La técnica no importa, sólo los filtros. Si no tienes éxito con tus imágenes, no te preocupes, siempre puedes dar cursos sobre filtros al resto de instagrammers.
6.     Si no compartes al momento las imágenes, estás muerto. No te olvides que si tu fotografía no es “móvil”, no vale nada.
7.     Si alguien te critica por ser el único protagonista de todas las imágenes, respóndele que no ha entendido la importancia de la subjetividad en el arte.
8.     Organiza cuanto antes una exposición con tus imágenes. Si puede ser, con ampliaciones de 2 x 2 metros. Así les demostrarás a esos fotógrafos que vales más que ellos, o que tu aparato es mejor que el suyo (el móvil, se entiende).
9.     Cualquier crítica que se haga a tus imágenes es fruto de la envidia o de la incapacidad. Si te sientes incapaz, utiliza sólo el concepto “envidia”.
10.  Nunca pierdas de vista la aplicación que pueda sustituir a Instagram. Como para ser un pionero ya llegas un poco tarde, quizás te puedas convertir en referente de su sustitutivo.

7.5.13

EL TRIUNFO DE LA ESTUPIDEZ



Érase una vez una bebida espirituosa para viejos. Un licor de hierbas de origen centroeuropeo y de alta graduación que se bebía tras las comidas a modo de digestivo. Un día, alguien, posiblemente un director de marketing o un espécimen similar, decidió que los ancianos eran un colectivo menguante, por causas puramente biológicas, y que había que hacer algo para incrementar las ventas del susodicho brebaje. Enseguida se le ocurrió que lo que debía cambiar radicalmente el público objetivo tradicional de la bebida. Y, para ello, necesitaba variar las estrategias discursivas.

Vio claro que los jóvenes, casi púberes, eran su objetivo, por varias razones. Tienen poco dinero, sí, pero todo lo que poseen se lo gastan en juergas. Además, no tienen criterio, así que se les podía vender una bebida fácilmente, aunque ésta sea intragable. Claro que, por sistema, los jóvenes no aceptan las instrucciones de sus mayores, por lo tanto, el tono de la comunicación tenía que ser irreverente, aparentemente moderno y radical.

Entonces recordó. Recordó cuando era joven y un bar de la Villa Olímpica se hizo famoso porque las camareras servían chupitos vertiendo el alcohol en una especie de tubos de ensayo que sostenían entre sus dientes para, a continuación, vaciarlo en la boca de los clientes. Así, beber se convertía en un acto casi sexual y, además, aparentemente transgresor, ya que era la chica la que penetraba al incauto bebedor con el brebaje de marras. La sociedad no evoluciona, quizás involuciona, así que lo que era válido hace veinte años bien podía serlo ahora. Y se aplicó con fruición a la implantación de su estrategia.

Contrató a jóvenes, chicas, por supuesto, para que estuvieran presentes en festivales en los que se aseguraban la presencia de su público objetivo. Allí, con técnicas de guerrilla, subidas sobre un sufrido triciclo y armadas con megáfonos y sirenas, empezaban a gritar exordios inconexos como “¡Vamoooooosssss!” “¡Bebeeeeeddd!” y similares. Al momento, manadas de jóvenes se acercaban al improvisado tenderete donde las promotoras hacían gritar a su público el nombre de la marca para así aplacar su sed de alcohol. Repartían, al mismo tiempo, adhesivos con el logotipo que los incautos jovenzuelos se aprestaban a enganchar en su frente, su escote o cualquier otro sitio visible. Las continuas arengas, así como toda la publicidad de la marca, animaban al consumo irresponsable, compulsivo y acelerado de la bebida. Lógico, puesto que era la única forma de que tal brebaje fuera consumido en grandes cantidades sin que, en su deglución, la lengua apreciara sus discutibles cualidades organolépticas. Los jóvenes alzaban sus brazos y gritaban las consignas sin reflexionar, orgullosos de formar parte de un grupo y compartir un momento acrítico, supuestamente transgresor y aparentemente divertido. Y bebían sin control hasta vomitar todo lo ingerido.

Poco a poco, la bebida se convirtió en sinónimo de juventud, diversión sin fin y transgresión. Un seguro de pérdida de control casi inmediato en tiempos nihilistas y en los que todo debe ser instantáneo.

Y fue así como Jägermeister dominó el mundo.

18.4.13

Lluís Bassets: “Los contenidos periodísticos tienen ahora el valor de los activos tóxicos”


Lluís Bassets, durante su intervención en el Col·legi de Periodistes.
 ¿Está desapareciendo la profesión de periodista? ¿Tienen sentido los medios de comunicación y las organizaciones que los controlan con la llegada de la comunicación digital? ¿Cuál es el camino de los periodistas ante este entorno de cambio? A estas y otras preguntas ha intentado dar respuesta Lluís Bassets, periodista y director adjunto del diario El País, en una master class (lo que, antes de la utilización meliflua del inglés como idioma de prestigio, vendría a ser una clase magistral), celebrada esta mañana en la sede del Col·legi de Periodistes de Barcelona.

Bassets ha iniciado su presentación con un análisis de la situación actual en el sector de la comunicación, que ha definido como una triple crisis: Económica, tecnológica y social y geopolítica.

En su aspecto económico, es la consecuencia de un proceso de desregulación, de falta de gobernanza (ni siquiera los estados tienen poder de decisión) que se inició con la llegada de Thatcher y que ha producido un crecimiento de la economía mediante la deslocalización de los puestos de trabajo.

En su apartado técnico, la crisis obedece a la digitalización de los procesos, que los abarata.

Finalmente, la crisis geopolítica se debe a la nueva preeminencia de India y China, que vuelven a ser dos polos fundamentales de la economía planetaria, como ya lo habían sido hace cientos de años. En este sentido, Bassets ha llamado a relativizar el eurocentrismo y a considerar estas potencias como países “reemergentes” y no “emergentes”, como se hace habitualmente.

Las repercusiones de la recesión económica en los medios son la disminución de los ingresos, tanto por venta de ejemplares como por publicidad. Parte de esta disminución de los ingresos publicitarios la ha achacado a Google, que ha definido como “una especie de vampiro que se queda todos los pequeños anuncios”. En cuanto a los hábitos de consumo, Internet ha traído aparejada la cultura del consumo gratuito de la información.

Los cambios tecnológicos que se habían producido anteriormente mejoraban la competitividad de los medios. Sin embargo, para Bassets, la crisis tecnológica actual no es acumulativa sino que es disruptiva, destruye los medios y soportes anteriores. Así pues, las empresas de comunicación se encuentran ante una disyuntiva insalvable, un contrasentido: todo lo que invierten en presencia en la red afecta negativamente a su negocio actual, que sigue siendo el papel. Por el contrario, todo lo que se invierte en papel merma recursos para apostar en el nuevo entorno digital. Bassets ha querido destacar que el problema no se reduce a “papel sí, papel no”, sino que se da una crisis en el modelo de industria. El tradicional se ha arruinado y no parece haber uno alternativo. “Es como si, mientras se hunde nuestra nave, intentáramos achicar el agua y, al mismo tiempo, construir una nave nueva”, ha afirmado.

Bassets ha definido los diarios como “un producto sofisticado de la sociedad imperial” que, con el cambio de modelo social, están condenados.

El cambio social y de los hábitos informativos también comportará, para él, un cambio en la organización de los medios. Tradicionalmente el periodismo realizaba un corte en el tiempo (sea diario o semanal) y ordenaba en función de las noticias. Ello comportaba unas organizaciones muy jerarquizadas:

El periodismo era la fantasía de que cada cierto tiempo podíamos construir una especie de mapa que explicaba el mundo. Todos estos conceptos comienzan a desvanecerse. El cambio es de fondo, no sólo un problema de rapidez. Al periodista se le está exigiendo publicar la noticia antes de que exista, antes de que sea comprobada. La misma idea de noticia está muy erosionada. Lo que mueve a los medios ahora es la demanda, no la oferta, es la lógica digital. El periodista vale los seguidores que tiene en twitter, el número de comentarios en su blog, la corrosión se produce en el centro del oficio”.

De cara al futuro, Bassets afirma que nadie organizará el modelo de negocio, ni las empresas tradicionales ni las creadas gracias a las nuevas tecnologías. Sólo el periodista puede poner en valor su trabajo:

La calidad es lo único que nos salvará, y no es un paso fácil. Los contenidos periodísticos tienen ahora la valoración de los activos tóxicos. Hemos de conseguir que recuperen su valor, que el público esté dispuesto a pagar por ellos. Los periodistas nos hemos de reinventar como autoempresarios. En las crisis es el momento de las grandes oportunidades”.

Bassets también ha explicado el cambio en el punto de vista del relato periodístico que han propiciado las nuevas tecnologías:

Se está valorando mucho la desaparición de un elemento clásico en el periodismo que era la retórica de la invisibilidad. Hemos de realizar un periodismo de voz clara, individual, personal. Hemos de pasar de las marcas corporativas a la marca individual”.