9.11.16

A quién seguir. Qué pensar

Kate Tempest hizo un muy buen concierto ayer. Pero no quiero hablar de su actuación sino de la respuesta que obtuvo por parte del público. En su bis, una inflamada letanía sobre la necesidad de que nos comprendamos como humanos, iguales, con nuestras esperanzas, miedos, anhelos y miserias, provocó una explosión de emotividad entre las primeras filas de la sala. Hubo lloros, asentimientos, gritos de reafirmación.

Me sorprendí pensando que no parecía la respuesta ante una artista, sino ante un predicador. Ello me llevó a pensar en nuestra desorientación. Perdidos en una sociedad inmisericorde y cruel, sin perspectivas vitales, sin un futuro que planificar, viviendo el aquí y ahora. Esperando que alguien nos indique el camino, que parezca tener claro adónde va. Aunque sea mentira.

Veo la crisis, la degradación económica a las que nos someten y vuelve a mi cabeza el estado social que provocó la llegada al poder absoluto de un pobre desgraciado que había subsistido intentando vender acuarelas en las terrazas de los bares. Ese pobre desgraciado provocó uno de los mayores horrores que hemos vivido como civilización.

Veo a algunos de los líderes políticos elegidos por nosotros, aquí y allá, y me cuesta albergar esperanzas. Parece inevitable que la historia se repita una y otra vez, mientras alguien nos haya de decir qué pensar, a quién seguir. Qué débiles somos.

30.10.16

El viaje a la intrascendencia

Hace muchos años, en los inicios de la fotografía, las personas se fotografiaban con sus seres queridos fallecidos.

La situación, que ahora nos puede parecer chocante, denotaba una voluntad de trascendencia, de intentar fijar el recuerdo de aquél que nos ha dejado. Mostraba tanto el amor por el fallecido como el respeto por aquel medio que nos ofrecía una ilusión de pervivencia.

Dentro de muchos años, si alguien se preocupa en ver nuestras imágenes, probablemente se sorprenderá del cambio en la intención de nuestros retratos. De la voluntad de trascendencia a la repetición ad infinitum de poses intrascendentes. Del abrazo a los seres queridos, aunque muertos, al abrazo perenne a nuestra autoestima, muertos aunque vivos.

2.5.16

La mirada susurrada


Vivimos vidas minúsculas. Al contrario de lo que pretenden hacernos creer las redes, ni somos estrellas en potencia ni nuestras vidas interesan. Transitamos este mundo compartiendo experiencias, quizás nimias, relevantes únicamente para nosotros. En este universo lleno de egos y subjetividades, una exposición que muestre la vida cotidiana de su autora puede hacernos pensar en otra oda al narcisismo. No es el caso.
Desde su título, Microvida, desde su presentación, con minúsculas imágenes realizadas con móvil, Silvia R. May nos demuestra que es consciente de su propia finitud. La exposición nos obliga a acercarnos, a establecer un diálogo próximo con las imágenes, como si se tratara de una conversación al oído.
Esa aparente insignificancia, se topa, sin embargo, con la mirada propia, atrevida, de Silvia, que convierte un hecho intrascendente en imagen icónica. Y así, casi en susurros, como si no se atreviera a valorar lo que presenta, nos envía un mensaje multiplicado en cada una de las escenas que muestra. Nuestras vidas insignificantes, formadas por esos días en los que parece que nada pasa, se presentan, sin embargo, como fascinantes si somos conscientes de que son la materia que conforma nuestra existencia, y si son contadas con una visión propia, alejada de las dictaduras modernas del feísmo y de la ocurrencia banal. Una exposición que logra imágenes esenciales de nuestro devenir diario, un gran trabajo.
Más información, aquí.